Quince larguísimos años de interminables días de trabajo le llevó a Jonathan Freiker terminar su proyecto.
Había estado preparándolo en las pocas horas libres que le dejaba su ocupación como coordinador de aplicación de la química cuántica a la bioingeniería genética de producción de enzimas.
Desde el principio tuvo bien claro que no quería que nadie manipulara de ninguna forma su creación, algo que él estaba convencido que sería un tremendo éxito, algo que le catapultaría directamente a las páginas de los libros de Historia. Se trataba de un visor-analizador-traductor en base cromática de la cuantización macroscópica de la irradiación ultravioleta ocasionada por los procesos de descarga sináptica. Es decir, eran unas gafas con las que el portador podía conocer, tan sólo mirando a alguien, si esa persona estaba mintiendo o diciendo la verdad, su estado de ánimo, sus intenciones, sus deseos; básicamente era algo que desnudaba el alma de la persona a la que se miraba.
Bastaron tan sólo unos breves vistazos a los que él creía sus amigos del alma y a su mujer para que se le revolvieran las tripas amén de los cimientos de su vida. Quemó las gafas y sus notas no sin antes cometer el irreparable error de mirarse a sí mismo, con lo que acabó de vomitar.
martes, 25 de noviembre de 2008
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